Si en la anterior publicación aparecieron una cabra, un perro y alguna que otra rata de dos patas, en esta la cosa comienza con una mariposa, como puede comprobarse en el título.
¿Y qué tiene que ver una mariposa con un dedo amputado? A priori, no demasiado. Objetivamente, menos aún. Y en el caso concreto de los dedos del parque a orillas del río Pilones, nada en absoluto.
La mariposa del título es la del efecto ídem, uno de los fundamentos de la teoría del caos que explica cómo un cambio nimio en el estado de un sistema dinámico puede ocasionar un enorme cambio en las situaciones subsiguientes.
Hay que reconocer que la metáfora actual que explica el concepto es mucho más sugerente que la que eligió originalmente Lorenz, el matemático y meteorólogo que propuso la idea. Por suerte para todos, la gaviota y la tormenta iniciales dejaron paso a una mucho más hermosa mariposa brasileña y a un terrible tornado en Texas.
Que nadie se asuste, no tengo intención de convertir este espacio en un blog sobre meteorología o sobre teorías matemáticas avanzadas. La verdad es que no sé demasiado sobre ninguno de los dos temas; menos mal que a veces una tarde en el Acapulco da para mucho.
Si ya es extraño que un periodista y un matemático rodeados de veteranos merendantes se enreden casualmente en una conversación sobre los azares que a menudo conducen a algunos descubrimientos, ya sean científicos o forenses, el hecho que esta charla acabe derivando hacia la importancia de las metáforas para configurar el pensamiento y poco después hacia las herramientas que podrían emplearse para seccionar un dedo a alguien es algo que solamente podría ocurrir un jueves de primavera en las terrazas de los soportales del centro de Betusta.
Quienes lo hayáis vivido lo sabréis: demasiadas mesas, demasiadas personas en cada mesa, demasiadas ganas en cada persona de cada mesa. Ganas de calle, de sol, de charla, de contacto humano tras el invierno plomizo de la ciudad.
Digan lo que digan los gurús de la nueva sociedad tecnológica, la conversación cara a cara entre un grupo de seres humanos, ya sea en modo peripatético o terrazasedente, no puede ser sustituida para ciertos fines por los diálogos digitales. Vean el ejemplo de este escrito de hoy.
Sí, ustedes lo estarán leyendo en la pantalla de sus móviles, ordenadores o tabletas, pero estoy convencido de que, si no hubiésemos compartido ayer mesa en la terraza del Acapulco, mis dos interlocutores y yo jamás habríamos podido desarrollar la cadena de intuiciones, razonamientos y ocurrencias que nos ha llevado a la hipótesis en tres puntos que voy a desarrollar a continuación:
Punto 1: los dos dedos están unidos. Ya no a sendas manos ni entrelazados físicamente, pero existe un hilo demasiado fuerte entre ellos para considerarlos sucesos aislados. Les ahorraré el cálculo probabilístico completo, pero, si un profesor de Estadística afirma con aplomo y vehemencia que en su opinión la probabilidad de que la aparición en el mismo lugar de dos dedos humanos amputados se deba al azar es prácticamente nula, yo voy a optar por hacerle caso.
Punto 2: ambas amputaciones solamente pueden ser voluntarias. Si alguna de ellas se tratase de un accidente, la noticia habría llegado a las autoridades aunque el accidentado estuviera en algún tipo de situación precaria, pues tanta atención mediática ha movido mucho dinero en torno al caso y, cuando alguien necesita ingresos, se convierte en presa fácil para abogados especialistas en reclamaciones económicas, reporteruchos sensacionalistas y otros parásitos de la desgracia ajena. Y si la primera hubiera sido consecuencia de cualquier tipo de actividad criminal, la segunda jamás se habría producido en un escenario tan cercano en el tiempo y en el espacio. Para terminar el punto 2, aprovecho para desmontarles la película a los criminólogos amateur que han fantaseado desde el sofá con nuestro propio amputador en serie betustense: me temo que sin rito, no hay asesinato ritual.
Punto 3: tiene que haber una motivación y un grupo detrás de este tema. Dejando a un lado lo elocuentes que son los vídeos que han encontrado en redes Rebollo y su sobrino (por cierto, seguir trabajando para esclarecer lo ocurrido después de lo que les han hecho pasar es todo un ejercicio de perseverancia), solamente personas con motivos individuales de peso y la presión o apoyo de un grupo comprometido con los mismos objetivos podrían realizar unos actos tan extremos como desprenderse voluntariamente de un dedo y mostrar el resultado en un vídeo para refutar las reivindicaciones tramposas que han circulado desde el primer día por internet.
Hablando de los vídeos en cuestión, ¿se han dado cuenta ustedes de que en ambos el dedo que falta en la mano que sujeta la tijera de podar es el índice? ¿No creen que ese detalle podría indicar algo?
P.D.: Me lo ha puesto alguien en comentarios. Sí, ciertamente podría haber evitado el verbo “indicar” al hablar de dedos índices, pero después de más de trescientas visitas ya es tarde para cambiarlo. Prometo revisar con mayor detenimiento la próxima publicación. Lo siento.
