La cabra siempre tira al monte, dice el refranero popular. Para lo bueno y para lo malo, me da la impresión.
Para lo malo, sin lugar a dudas. En la última entrada escribí, inocente de mí, que la obsesión mediática por el trucucrimen de los dedos del diablo parecía haber llegado a su fin. Nada más lejos de la realidad.
Uno de los contertulios habituales de Próximo Confín, asiduo de este y otros programas del nuevo conservadurismo (por otra parte, tan similar al de toda la vida), ha publicado una columna de opinión en un diario local.
No se preocupen, no voy a poner el enlace de la edición digital ni voy a decir siquiera qué periódico es para que no tengan que leerlo. Del mismo modo que este individuo se permite citar algunas de las palabras que he dejado en este espacio y en mis trabajos para La Nueva Betusta, yo citaré algunas de las suyas en la mencionada columna de opinión de cuyo título tampoco quiero acordarme.
Los recientes sucesos de Betusta demuestran que hemos sido demasiado débiles en la protección de nuestras fronteras.
¿Fuente? Diría que Merriweather 11 puntos, aunque la del titular no sabría precisar a qué ataque terrorista tipográfico responde. Al menos no es Comic Sans, algo es algo.
También podría responder a esa pregunta con alguna alusión a las deterioradas meninges del mencionado reporterillo, pues ese es precisamente el origen más probable de la relación que establece en su artículo entre “los recientes sucesos de Betusta” y “la protección de nuestras fronteras”.
Supongo que con su alusión a ciertos acontecimientos cercanos de nuestra ciudad puede referirse, por ejemplo, al juicio que está teniendo lugar estos días por unos contratos fraccionados presuntamente en fraude de ley concedidos por nuestro siempre eficiente y ágil servicio de salud a esa (siempre esa) empresa sanitaria, o a la detención de dos agentes de la autoridad que fueron sorprendidos la semana pasada cobrando mordidas de locales de apuestas por hacer la vista gorda respecto a sus incumplimientos de la prohibición de entrada de menores.
A estas alturas por desgracia ya sabemos todos a qué se refiere mi hediondo y vergonzoso colega con la protección de las fronteras, aunque me divierte pensar que ese blindaje que parece proponer se pueda volver en algún momento no muy lejano en su contra en forma de decomiso aduanero de la marca de café de especialidad que subliminal, obscena e indisimuladamente anuncia en sus apariciones tertulianas televisivas. Calculo que la broma le costaría unos quinientos euros al mes, a razón de cien euros por cada alusión a la multinacional cafetera.
Lo cierto es que nos haría un favor a todos, en primer lugar a la empresa anunciante, porque ya circulan memes con la foto del botarate y una graciosa leyenda que sustituye su apellido por el de la marca en cuestión. Si alguien no lo ha visto, solamente tiene que teclear el simpático mote en cualquier red social, pero no recomiendo profundizar demasiado en el tema porque parece que hay internautas que odian muy fuertemente a esta persona y que, desgraciadamente para mis hábitos de consumo cotidiano, manejan con demasiada soltura todo tipo de connotaciones escatológicas en torno al café.
Volviendo a la relación automeningogénica que Mr. Veryveryblackcoffee sugiere entre los dedos cortados del trucucrimen que nos congrega en este espacio y la comunidad de origen migrante de la ciudad, ofrezco un dato para la tranquilidad del público betustense y para oprobio eterno del tertuliano que más torpemente jamás haya mostrado una taza de café llena de quién sabe qué a las cámaras de televisión: el único nombre extranjero con el que me he topado en todo este tiempo investigando este caso ha sido Randall, el del perro de Ángel Luis, el señor que encontró el primer dedo en el parque, y ni siquiera sé si es un nombre aplicable a una persona real en el mundo anglosajón o si suena demasiado a personaje ficticio (los únicos Randall que conozco son el apellidado Flagg que Stephen King que creó para su novela La danza de la muerte y el apellidado Curtis que aparece en un episodio de Los Simpson como director de la saga Cosmic Wars). Sí, lo he buscado en internet, pero ¿a que ustedes tampoco serían capaces de citar a un Randall así a bote pronto?
En todo caso, puedo asegurarles que la única relación real que he encontrado entre los dedos amputados y cualquier apelativo foráneo es ese tal Randall Collie (si aceptamos que cuando hagan DNI a los perros se permitirá ponerles como apellido la raza a la que pertenecen), y les prometo que lo único de inquietante que tiene el perrete es cierta tendencia a olisquear a los viandantes en la zona del pantalón de la que el señorito Cafelito saca sus prejuicios nauseabundos disfrazados de informaciones.

