Lo de Heisenberg. Ah, no, que el del gato no era Heisenberg, era Schrödinger. Bueno, lo de Schrödinger, lo del gato dentro de la caja que no se puede saber si está vivo o muerto. Salvo que maúlle, digo yo. Si dice “miau”, digo yo que estará vivo, ¿no?
Pero aquí el señor Ángel Luis no decía ni “miau”, ni “guau”, ni “mu”. Y vivo sí que está y vivo sí que ha estado para esquivar todas las preguntas que le había hecho un poli de paisano hasta que he llegado yo y me he unido a la conversación como quien no quiere la cosa.
Cualquiera habría notado desde kilómetros que el más alto de los dos tipos que había en el parque era poli. Yo lo tenía clarísimo desde antes de cruzar la avenida; luego ya he visto que era Vargas.
Se los reconoce mejor sin uniforme que con él, al menos a los de Betusta. Yo creo que es por la postura. En la academia les deben hacer formar horas y horas y se les queda algo en el cuerpo que te dice inmediatamente que son de la Policía. Espero que a mí se me haya quitado del todo, porque, aunque solamente fueran tres meses, qué tres meses… Mejor ni recordarlo.
El señor Ángel Luis también debe tener poco aprecio por la poli o debe apreciar más su tranquilidad personal que sus deberes cívicos, porque cuando he llegado al parque parecía que llevara horas esquivando las preguntas de Vargas. Cuando he llegado yo, creo que se ha relajado un poco. A nadie le gusta sufrir un interrogatorio si puede mantener una conversación. Me parece que Vargas lo entendió incluso antes que el señor Ángel Luis. Imagino que por ese tipo de cosas es inspector.
En resumen, el perro del señor Ángel Luis encontró el dedo en el parque sobre las diez menos veinte de la mañana pero ni lo tocó porque al hombre le pareció que aquello no era una rama y se fue a terminar de pasear al animal río arriba.
Luego, cuando se ha montado todo el show y se ha enterado de dónde había aparecido el dedo, ha caído en la cuenta de que seguramente él había sido el primer betustense en ver el dedo aunque en aquel instante no fuera consciente de ello. Bueno, en realidad el primero habría sido Randall, pero Randall es un perro y cuando hablamos de perros todo funciona de otra manera.
Amor perruno: para el señor Ángel Luis todo el mérito es de su perro Randall, que es muy listo y se dio cuenta de que en el parque pasaba algo; según él, la pena es que no sepa hablar, porque si supiera hacerlo seguro que diría mucho más y resolvería el caso antes que muchos humanos.
Odio perruno: a Vargas no sé si le disgustó más que Randall le olisqueara la mano y se la chupara o que su dueño pusiera en duda (¿inconscientemente?) la capacidad de la Policía para resolver el caso.
Indiferencia perruna: Randall pasó del dedo en cuanto su dueño tiró de la correa y alcanzó a olfatear alguna meadita canina en algún árbol al lado del camino; Randall pasó de Vargas en cuanto su lengua se llevó los restos de comida o lo que fuera que había llamado su atención en la mano del inspector; Randall ha jugado conmigo mientras hablaba con su dueño y con Vargas todo el tiempo que me han durado los trucos que usaba con Tigre cuando mamá me mandaba a pasearlo precisamente por ese mismo parque.
¿Reencarnación perruna? Altamente improbable, pero me apuesto lo que sea a que se montaría una buena si cuento que un día que saqué a pasear a Tigre por el parque se encontró el cadáver de un hombre que estaba desaparecido. Daría lo mismo que fuera hace más de veinte años, que nadie se acuerde ya, que quedara clarísimo que el hombre se había tirado a ahogarse al río por deudas económicas, que Tigre haya muerto hace más de diez años y que fuera un chucho mil leches cuando Randall es un border collie precioso…
Si lo contara, todo esto se enredaría más aún por lo mucho que les gusta chismorrear a los betustenses y por lo liantes que son los periodistas y, diga mi madre lo que diga, a mí me gusta enredar pero no me gusta nada que me enreden en líos que ni me van ni me vienen.
Con saber algo que casi nadie sabe ya puedo darme por satisfecho. Ahora cuando alguien suelte alguna barbaridad sobre el dedo del parque yo podré sonreír sabiendo que soy uno de los cuatro únicos seres (tres humanos y uno perruno) que saben que la macabra sorpresita ya estaba en el parque dos horas antes de que el empleado de Parques y Jardines lo recogiese con sus pinzas para retirar basura y se pusiera a chillar como un loco que aquello no era una colilla.
Dicen que su compañero añadió que mejor que tampoco fuese una cola, aunque ya se sabe que en Betusta hay más leyendas urbanas que bares y más tabernas que personas, y esa historia suena demasiado a chiste de chigre.