II.6 – 12 de mayo

Cuando era pequeño, me decía la güeli que siempre estaba enredando, que era un liante de cuidado. Y algo de razón debía de tener, porque ya me he metido de lleno en la movida esta del dedo.

Desde el primer día, el cabrón de Rubén me ha metido los perros en danza y yo con algunas canciones no me puedo resistir al baile.

¿Cómo voy a quedarme parado mientras todo el mundo se vuelve loco con algo que ha pasado a diez minutos de mi casa pero que nadie está realmente intentando aclarar?

Si casi no he visto policía en el parque en todo este tiempo… Oye, tendrán otras cosas más importantes que hacer, pero por lo menos un poco de interés podrían mostrar, que hay más perrodistas haciendo preguntas a la gente que polis…

Si me leyera Rubén me echaría la bronca, aunque con los tiparracos que han mandado a cubrir el caso me tendría que acabar dando la razón. No sé si son imbéciles, si se lo hacen, o si directamente son malas personas, porque siempre preguntan a los lápices menos afilados del estuche. Y luego la gente piensa que en Betusta somos provincianos atrasados que clavamos los clavos a cabezazos, claro.

Los peores, los del misterio. Mamita, qué idiotas. ¿Pero de qué conspiración para encubrir el supuesto crimen hablan, si aquí nunca pasa nada y por ese parque casi nunca pasa nadie? Como no sea una conjura de paseadores de perros que no quieren que aparezcan más dedos en el parque para que sus mascotas no corran el riesgo de llevárselos a la boca confundiéndolos con un palo que le han tirado para que vaya a buscarlo…

Al menos tengo por dónde empezar. De algo tiene que servir haberme escuchado todos los podcast de truecrime que he pillado (“lo de los asesinatos”, que dice la mama). Me encanta cómo sigue echándome la bronca como si yo tuviera quince años y ella cuarenta: “ya estás otra vez escuchando los poscas esos de los asesinatos; te vas a volver majara, hijo”.

Ya sé que nadie me ha dado vela en este entierro, pero en parte me siento obligado a hacer algo por mi madre y por las mujeres de su edad. Aunque a casi nadie le importe, la realidad es que muchas señoras como mi madre tienen auténtico miedo con todo el asunto del dedo y la cobertura mediática alarmista que lo rodea.

Tampoco me extraña. ¿Hay algo más aterrador que un suceso truculento que nadie puede explicar y respecto al cual se suceden teorías cada cual más morbosa que la anterior?

Casi es ensañamiento. Cuando escucho o leo algunas de las explicaciones más delirantes yo directamente me descojono porque no tienen ni pies ni cabeza, pero mi madre y las señoras que toman café con ella se las toman en serio y se preocupan.

Ahora ya no me río al recordar cuando mi madre me preguntó muy preocupada si me drogaba porque había visto en mi cuarto una jeringa enorme con la que rellenaba de tinta los cartuchos de la impresora para reutilizarlos. Hasta hace nada me partía el culo de risa con la idea de alguien chutándose con semejante jeringón. Hoy ya no me hace ni puta gracia que cuatro imbéciles metan miedo a la gente mayor con historias para no dormir solamente para hacer caja. Unos se forran mientras se ríen de nosotros y otras pobrecillas no se atreven a bajar a tomar café con las vecinas por si las ataca una mezcla monstruosa entre un cazador aborigen de la isla de Borneo y un serial killer coleccionista de dedos humanos.

Verás cuando se descubra que el dedo es de un pobre hombre que se lo ha cortado podando los árboles del parque y que no ha dicho nada porque en la subcontrata no les dejan reportar accidentes laborales o alguna movida similar…

Lo que está claro es que ni en la radio, ni en los periódicos ni mucho menos en la tele vamos a poder enterarnos de qué ha pasado en realidad, porque, como bien dice Rubén, “hoy en día los periodistas estamos a vender periódicos”.

No sé si me arrepentiré en el futuro de esto, pero creo que el procedimiento está claro: voy a empezar por darme un paseíto por el lugar de los hechos, a ver si alguien ha visto algo o conoce algún detalle que pueda servir de pista. Al fin y al cabo, según dice Rubén, de momento nadie tiene ni idea de por dónde comenzar y tengo el parque a cinco minutos de casa y no me vendría mal estirar un poco las piernas.

Y a la vuelta puedo traerle unos churros a mamá, que lleva dos días sin querer bajar al Acapulco a tomar el chocolatito con sus amigas. Enredaré, pero por lo menos ella podrá merendar unos churritos.