II.1 – 7 de mayo

Va, venga, que sí, que estoy gilipollas del todo. A estas alturas escribir un diario como las guajinas de quince años, anda que…

Bueno, ¿y por qué no? Mejor dejar algo escrito, aunque sea una estupidez, que morirse y ya.

Además, si Rubén escribe uno, yo no voy a ser menos.

Está decidido: no todos los días aparece un dedo cortado en el parque de al lado de tu casa, y no siempre que pasa algo importante cerca tienes información privilegiada de alguien que sigue desde dentro toda la investigación.

Qué haré con el blog después ni lo sé ni me interesa. Oye, que si alguna editorial se anima a publicarlo como reportaje de true crime tampoco me voy a quejar. Sin tener muy claro dónde puede llevar todo esto, estoy convencidísimo de que se han publicado cosas mucho peores que esto. De hecho, acabo de terminar uno que, madre mía, menudo truñaco…

Autoficción, con lo coñazo que puede ser eso, y mezclado con la típica investigación histórica… Ufff, qué pereza. No doy detalles porque no quiero dedicar esto a libros y no me va eso de despellejar a la gente gratuitamente, pero hay capítulos de dan vergüenza ajena.

Crees que no se atreverá, pero va y lo hace: otra escena en un restaurante en la que el autor se explaya contando la carta y después entre plato y plato le saca toda la información que quiere al incauto que se ha dejado invitar a cenar.

Ya lo dice Rubén: si un periodista te invita a algo, malo. A lo mejor exagera un poco con lo de las malas condiciones económicas del gremio, puede ser, pero está claro que el sueldo no le da para ir invitando por ahí a desconocidos por amor al arte.

Joder, es que ¿quién se puede creer que una persona normal le cuente un montón de secretos familiares a un tío desconocido solamente porque le haya invitado a comer unos caracoles con un par de vinos?

Vamos, yo le mandaría directamente a la mierda. Eso sí, después del postre y del café, que si quiere invitar, que invite, pero yo no vendería mis intimidades ni las vergüenzas de la familia por un guisote indigesto y un vino regulero. Vamos, hombre…

Al final a lo mejor acabo escribiendo yo una autoficción de ese estilo, aunque un poco más creíble y menos flipada que las de esta gente, que las hacen todas iguales como churros, a veces parece que solo cambia el tema que investiga cada uno y el nombre del protagonista-narrador.

O igual no hago nada más que entretenerme un poco todos los días mientras mamá habla con Marta y los niños por Skype, aunque la verdad es que para ser el primer día no me está costando nada escribir cosillas y hasta me está divirtiendo.

Mientras no me dé por empezar algún día con “Querido diario”, todo bien.