Por favor, que nadie entienda esto como una crítica a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Tienen su función y, más allá de las simpatías o antipatías que unos pocos o unos muchos de sus miembros nos puedan suscitar a cada uno, hacen su tarea conforme a los mandatos que la sociedad les encomienda.
Si tenemos una sociedad indolente y acomodaticia, eso se reflejará en el interés mostrado por las fuerzas de seguridad en la resolución de los casos poco urgentes o relevantes.
Si socialmente nos hemos dejado llevar por el miedo y la desconfianza hacia todo aquel que sea mínimamente diferente dentro de nuestros cerradísimos códigos provincianos, no sería justo culpar de ello solamente a un pequeño sector profesional de la ciudad.
Si hay que admitir que Betusta, como el resto de ciudades periféricas del país, depende para casi todo de la capital, no tiene sentido responsabilizar únicamente a los funcionarios locales de las tardanzas y los errores en la práctica de las diferentes pruebas periciales y forenses que puede ser necesario solicitar para aclarar pequeños casos betustenses como en principio es el que nos ocupa.
Como ustedes podrán imaginar, en la redacción no me han permitido ni siquiera ofrecer el dato, pero aquí sí puedo hacerlo y reflexionar un poco sobre lo que supone, aunque repito que no quiero culpabilizar ni responsabilizar de nada a la Policía, que ya bastante tiene con verse obligada a trabajar con la escasez de medios y de personal a que por desgracia acostumbran en los últimos años.
No creo que nadie se sorprenda por el hecho de que en Betusta haya retrasos en la práctica de ciertas pruebas forenses con cierto componente tecnológico, pero es difícil concebir que un detective aficionado y un periodista hayan conseguido más información sobre un caso policial que todos los investigadores oficiales asignados a él debido a la demora rayana en la desidia de los resultados de unas sencillísimas pruebas.
Mi amigo y yo tenemos a estas alturas meridianamente claro que el macabro hallazgo corresponde a la falange media y distal de un dedo de la mano. Ninguno de nosotros es forense y nuestros conocimientos anatómicos son bastante escasos, pero, con haber observado un par de fotos, no considero demasiado atrevido llegar a esas conclusiones.
Pues bien, ni el inspector V. ni ninguna de las personas implicadas en la investigación se atreven a dar por firme esta afirmación tan simple hasta que se envíen desde la capital los informes médicos forenses preceptivos. Al parecer, todos los casos no prioritarios se están retrasando por falta de personal y parece ser que nada de lo que ocurra fuera de la capital merece prioridad, por mucho que una ciudad entera esté a punto de enloquecer gracias al estallido de rumores desatado tras el silencio inducido por querer quedar bien frente a los ilustres visitantes capitalinos.
También es cierto que los manuales de antropología forense consideran las falanges de los dedos como partes especialmente complicadas de reconstruir, especialmente en lo relativo a la lateralidad y a la identificación del dedo concreto al que una falange puede pertenecer, de manera que comprendo la reticencia de las autoridades a dar por cierta ninguna hipótesis hasta tener total confirmación científica.
Del mismo modo, supongo que el hecho de que la huella dactilar esté muy deteriorada (en apariencia química y deliberadamente) puede ser un factor que haga sospechar complejidades ocultas en el caso.
De cualquier manera, quiero denunciar que dejar el caso en la indeterminación total en que se halla actualmente es una total imprudencia, porque eso ha llevado a que se estén difundiendo todo tipo de especulaciones infundadas en varios medios locales y nacionales, las cuales están provocando a su vez una creciente alarma social en la ciudad.
¿Cómo es posible que por el retraso de unas pruebas de laboratorio que en condiciones normales tardarían menos de una semana y por la prisa de la opinión pública por encontrar alguna explicación al enigma del dedo del parque haya personas que teman salir a la calle?
¿Y cómo es posible que las únicas personas que parece que se han movido ‒sí, puede que un poco dubitativamente‒ para buscar indicios sobre el dedo del parque del Pilones hayan sido este humilde plumilla y un ciudadano de a pie?
Y mientras tanto, el resto de la ciudad parece hundirse en un barrizal de rumores, especulaciones y paranoia más propio de un telefilm policiaco de cuarta categoría que de una situación real y preocupante como la que nos ocupa.
Seguramente a muchos de ustedes ‒y parece que también a alguien relacionado con la investigación y la instrucción del caso‒ les haya llegado en algún momento la teoría de que el dedo cortado pertenece a una persona que estaría sufriendo un secuestro y que este sería el inicio de una macabra serie de amputaciones extorsionistas.
Pero, si aceptan mi palabra, les aseguro que en todo el tiempo que llevo trabajando en Betusta no he llegado a conocer a ningún particular ni a ninguna organización que disponga de medios logísticos suficientes para tener secuestrada a una persona tanto tiempo.
Por otro lado, y a pesar de que todos sabemos que el mal puede anidar en cualquier parte, estarán conmigo en que ni el mejor guionista norteamericano de la serie de detectives más osada sería capaz de hacer encajar el perfil criminal que algunos están pintando en la televisión dentro de este escenario tan diminuto y tedioso como es Betusta. Que esto no se parece en nada a Twin Peaks, oigan, y que si a David Lynch le dieran alguna vez algún premio de la Fundación me temo que lo más “lynchiano” que podría ocurrir es que alguien le regalara en la alfombra roja un queso adornado con un lazo.