Seguramente algunas de las personas que han visitado este espacio ‒sorprendentemente ya casi un centenar según el contador de visitas (¿cuántas de esas personas serán Íker?)‒ se preguntarán cómo diantres me he metido en todo este fregado y por qué estoy llevando adelante este espacio de escritura digital paralelo a mi trabajo periodístico.
Quizás por mala conciencia profesional, quizás por fatiga o hastío existencial, quizás por nostalgia de mi juventud literaria y/o bloguera, puede que por cierta ansia por dejar de ser el triste y gris V. M., no sabría decirlo.
Desde luego, la insistencia y la obsesión de amigos, familiares y compañeros por este tema también han tenido mucho que ver.
Como dejé caer la semana pasada, hay alguien que está siendo especialmente insistente en este sentido. Se trata de mi amigo Íker, que, aunque un poco exasperante (como él mismo reconocerá), también está siendo el más implicado y perseverante, hasta el punto de lanzarse en primera persona a la investigación del caso, con una determinación probablemente muy superior a la que tenemos la mayoría de quienes estamos relacionados con el asunto por motivos estrictamente profesionales.
Si piensan que exagero, déjenme explicarles cuáles han sido los primeros pasos en la investigación de mi amigo y después díganme si han leído u oído en algún sitio algo sobre las pistas que ha hallado y que los investigadores oficiales del caso les aseguro que desconocían totalmente hasta hace unos minutos, cuando las hemos puesto a su disposición vía correo electrónico para colaborar con el esclarecimiento del asunto.
La primera de ellas es un testigo que había visto el dedo en el parque dos horas antes de que fuese oficialmente hallado. No es que sea un testigo cuyo testimonio pueda ser definitivo para el caso. Ni siquiera puede considerarse un elemento importante en la investigación, porque la información que aporta ya ha sido corroborada fehacientemente por la forense.
La persona en cuestión es un jubilado llamado Á. L. F. que vio a las 9:38 h. en el parque algo que creyó que era una rama, pero no le dio mayor importancia porque después de unos días de viento norte lo más frecuente es que por toda la ciudad el suelo estuviera cubierto por ramas rotas, hojas secas y basura al azar.
Cuando su perro Randall se acercó a olisquearlo se dio cuenta de que no era una rama, aunque ni se le ocurrió que pudiera tratarse de un dedo humano, de manera que no fue consciente hasta el día siguiente de que en realidad él había sido la primera persona en localizar el controvertido dedo misterioso del parque del Pilones.
Por lo tanto, este testimonio no puede considerarse relevante ni se puede pensar en D. Á. L. F., de 72 años de edad y residente en Betusta, como un posible testigo de cargo, pero sí interpreto que haber dado con él será muy probablemente una de las chispas que enciendan la ardiente obsesión de muchos más por llegar a conocer toda la verdad de este misterioso caso.