I.2 – Sin comentarios

De la inquietud inicial a la pasividad total en apenas una semana. ¿Cómo pasa una ciudad de la preocupación, la ansiedad y el miedo al olvido más absoluto en solamente un par de noches?

Podríamos citar esa creencia, a mitad de camino entre las leyendas urbanas forjadas en los años noventa y los análisis químicos de las aguas del Pilones que hace la Confederación Hidrográfica cada año, según la cual Betusta es la urbe más yonqui del norte de la península.

Si aceptásemos esta teoría, la repentina amnesia de la ciudad respecto al dedo seccionado que atrajo la atención de todas las conversaciones un martes y que el viernes ya nadie aparentaba recordar se habría debido a la transformación del natural estupor vespertino en nocturna estupefacción química.

No obstante, Víctor Sánchez, mi homólogo reportero-para-todo de La Voz de Betusta, mantiene otra hipótesis mucho más apegada a la verdadera adicción de la inmensa mayoría de los betustenses: la apariencia.

Según él, la gala de entrega de premios de una celebérrima fundación celebrada ese fin de semana habría sido el auténtico motivo del repentino borrado de recuerdos que había logrado que, tan solo tres días después de que apareciera en medio del parque del río Pilones un dedo índice cortado, nadie pareciera recordar siquiera que ese morboso hecho se hubiera producido.

Para Víctor, el afán por ofrecer la imagen de que la ciudad es la Venecia del país sería el responsable del brusco silencio creado en torno al suceso que tanto ruido había formado unas horas antes. Callar para aparentar.

Si esos fines de semana “glamurosos” nadie habla de crímenes, Betusta podrá ser considerada como una de las ciudades más seguras del norte. Si nadie menciona ningún delito, los invitados llegados desde la capital creerán que el motivo es que en este pequeño Mónaco ibérico septentrional no los hay. Si todos alabamos la elegancia de los asistentes a la gala y la simpatía de las gentes que se agolpan cada año para fotografiarse con algún invitado más o menos famoso, haremos que el Teatro Begoña brille frente a toda la nación como un marco incomparable para el reconocimiento hacia los mejores valores que conforman el orgullo patrio.

El fin justifica el silencio. Los flashes acallan los murmullos. Nadie quiere crónicas negras cuando hay alfombras rojas. Pintemos las fachadas, limpiemos las calles, pongamos cara de domingo. Nadie hará preguntas incómodas mientras estén encendidos los focos y, si alguien las hiciera, todos los betustenses sabemos bien cómo callar con mirada de desconocimiento. Sin vergüenza, sin remordimientos, sin comentarios.

Pero, una vez pasada la gala, ese dedo cercenado es un cebo demasiado apetitoso para las pirañas de dos patas que merodean la desembocadura del Pilones. Cuando todos esos cosmopolitas visitantes de fin de semana cruzan el túnel y apartan los ojos de estas calles siempre dominadas por el crepúsculo dominical, llega por fin el momento de regresar al morbo obsesivo por el macabro hallazgo que el betustense común considera salido directamente de alguna serie de investigación criminal.

De ahí el nuevo artículo de Víctor de esta mañana, casualmente el lunes inmediatamente posterior a la gala: “Crimen sin resolver. El pánico se extiende ante la inacción de la Policía”. Si no fuera porque es amigo, diría que el crimen es publicar una noticia no noticiosa con un titular tan alarmista.

Con “noticia no noticiosa” me refiero a que en ella no se aporta ni una sola información que no se haya publicado la semana pasada. Con “titular alarmista” quiero decir que durante el fin de semana nadie ha considerado prioritaria la investigación del caso del dedo perdido en el parque y que la única sensación que todos los diarios y noticiarios betustenses sin distinción han (hemos) detectado en plazas y cabezas y en calles y corazones ha sido el “genuino entusiasmo de nuestra acogedora ciudad ante la llegada de tan ilustres invitados” (sí, esto último es mío, de la crónica de ayer sobre la gala del sábado noche).

La noticia en La Voz ha disparado todos los comentarios que habían quedado silenciados durante el fin de semana por la gala y sus centelleantes asistentes. Como si de repente se hubiera roto una invisible presa construida por la censura autoimpuesta y se hubiera desembalsado bruscamente sobre Betusta una gigantesca riada de palabras murmuradas. Como si todas las habladurías más o menos inocuas que se podrían haber intercambiado a lo largo de tres días hubiesen sido filtradas y concentradas por el espeso silencio oficial betustense para acabar destilando este licor de sospecha que ha ido embriagando a la ciudad con su veneno conspiranoico.

Cómo si no explicar que haya quien dice que el dedo del parque Pilones es de un cortador de jamón que estaba trabajando en la fiesta posgala del sábado noche y que tuvo un desgraciado accidente por culpa de cierto actor que suele ponerse ebrio en ese tipo de eventos. Solamente un afán desmedido por los rumores efectistas relacionados con la crónica rosa y el famoseo puede justificar que alguien considere factible que un dedo supuestamente cercenado por un cuchillo jamonero en un festejo celebrado un sábado noche haya sido encontrado en medio de una zona verde el martes anterior totalmente separado de la mano de su dueño. Ni el dedo de Marty McFly, oigan.

Qué decir de murmuraciones delirantes como la que relaciona el dedo cortado con un atentado terrorista que habría ocurrido en la Plaza de la Constitución situada a un centenar de metros del parque y que habría sido ocultado por las autoridades para no tener que cancelar la entrega de premios.

Y ¿podrán creer ustedes que haya más de seiscientos mensajes en redes sociales con el hashtag #parachuparselosdedos, en el que se defiende la posibilidad de que el dedo sea lo único que ha quedado de un caso de antropofagia ritual al estilo de aquel Armin Meiwes que invitó a cenar a una persona que quería ser canibalizada y se la acabó cenando?

O, asómbrense, incluso circula una teoría que une ese dedo con una vertiente local de aquel tristemente famoso bulo del Pizzagate que veía una trama de pedofilia y trata de seres humanos donde solamente había un restaurante italiano.

Evidentemente, ninguno de estos delirios conspiranoicos tiene base alguna, por más que en las fiestas de entrega de premios algunas personas se emborrachen, que cortar jamón pueda ser peligroso si no se tiene cuidado, que una bomba pegada al pecho le pueda dejar a uno bastante desmembrado, que haya gente con fetiches muy raros o que por desgracia siga existiendo un muy lucrativo tráfico de personas para fines horrendos.

Por favor, compañeros, si no tienen nada relevante que publicar, absténgase de dar atención y espacio a las disparatadas conjeturas de la aburrida clase media betustense, pues, no solo no aportan absolutamente nada a la investigación del caso, sino que además crean un terror irracional y contagioso entre las personas más impresionables de la ciudad.