I.17 – Amargura

Ni por esas. Ni con pruebas ni sin ellas. A no ser que el culpable se entregue voluntariamente o logre dar yo con él y se lo lleve a comisaría con una brida de plástico en las muñecas y un lacito de regalo en la cabeza, sospecho que la suerte de Rebollo está decidida.

No hay mejor ciego que el que no quiere ver, ni juicio más severo y ofuscado que el de las turbas incendiadas.

Ahora la comparación ya no es una hipérbole: Rebollo es para el betustense medio Íker “el Destripador”. Poco importa que de lo único de lo que se le acuse (sin ninguna prueba, quiero recordarlo) sea haberle cortado supuestamente un dedo a no se sabe quién. Para Betusta encarna todo lo que la ciudad teme y odia.

Rebollo es barrio. Por mucho que él y su madre vivan en una zona residencial de clase media construida en los años 70 y 80, no vive en el centro y eso Betusta lo mira con desconfianza. Todo eso antes era campo. Extramuros los bárbaros, intramuros los burgueses. Betusta ha crecido pero desprecia sus nuevos barrios. Betusta se sintió hinchada por aquellos habitantes que llegaron de los pueblos de alrededor.

Ahora cuando va a comprar ya pide la talla que le corresponde, aunque sigue añorando en secreto los tiempos en que sus contornos se limitaban a las curvas de la muralla medieval.

A veces pone cara de pesadumbre porque se quiere convencer a sí misma de que en esos aledaños anidan peligrosísimos patógenos foráneos y se incuban pandemias importadas que auguran abotargamientos ciertos y babeles confusos.

Entonces siente miedo. Verde. Y las noticias le recetan jarabe de palo, aceite de ricino y hierro (mano de). Y compra una botella de cada. De litro. Y se bebe las tres seguidas. A morro. Y se pone la capucha de verdugo. Parda. Y los inocentes sufren. Íker. Y tantos otros que no tienen nombre.

Rebollo es extraño. No tiene trabajo. No tiene piso. No tiene hijos. No hace inventarios, hace investigaciones. No tiene una hipoteca criminal a tipo variable, solo quiere una hipótesis sobre el tipo culpable del crimen. No está en grupos de Whatsapp del cole, está en chats de colegialas.

Rebollo es derrota. En un mundo de vencedores nadie quiere ser uno de los vencidos. En un tiempo de triunfos obligatorios todos quieren apuntarse al menos uno al día. Unos hacen flexiones nada más levantarse, otros juegan en casinos digitales, los más se hacen selfis mostrando los dedos índice y corazón en forma de V de victoria.

Antes se decía que estaba mal hacer leña del árbol caído. Hoy no se espera a que el árbol caiga: en cuanto su tronco se inclina en un ángulo superior al estipulado por no se sabe qué arcana autoridad en materia de inclinaciones permisibles o intolerables, se procede a su tala tumultuaria. Traigan sus propias hachas, que el sospechoso no se parece a la gente que sale en la tele. Engrasen bien la cadena de sus motosierras y llenen bien el depósito de combustible (o carguen a tope la batería si aman el medio ambiente), que el acusado no tiene LinkedIn.

¿Amargura? Como con la bolsa en los supermercados, que si quiero o que si tengo. No, no quiero amargura porque ya traigo una de casa, lo que pasa es que ustedes me preguntan porque suelo dejarla en el fondo de la cesta y por eso no se ve hasta que la vacío.

Sí, creo que ya no me queda nada por sacar y ahora todos ustedes pueden ver que la traigo de casa y que es de tamaño XL, de rafia áspera y de color azul infinitamente abisal.

La amargura, no la bolsa. Mañana será otro día, si es.

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