Lo habrán notado y no voy a mentirles. Cada vez este espacio se aleja más del periodismo y se acerca más a la escritura literaria. No voy a negarlo: antes que periodista siempre he querido ser escritor y la libertad que me ofrece este cuaderno abierto al mundo me entusiasma.
¿Quizá sea una forma inconsciente de hacer que estos esfuerzos inquisitivos y estas palabras hasta el momento desoídas tengan algún valor, visto que no están logrando su propósito inicial?
Espero que no, porque nunca me perdonaría dejar en la estacada a un amigo y a un inocente por algo tan vacuo como la vanidad del poeta.
Probablemente acabe de cometer una injusticia con tantos literatos honrados y rectos como seguramente existen, pero mis experiencias como cronista cultural betustense me hacen concebir el panorama artístico y literario contemporáneo como un inmenso zoco de egos y pegos, dirigido por listos en venta y listas de ventas que se interesan más por inflar sus cuentas corrientes y aparentes que por hilar cuentos o cantos.
Vamos, que, por lo que conozco, en el mundillo literario hay más postureo que en las redes sociales en las que sigue buceando el sobrino de Rebollo en busca de indicios que exculpen a su tío, o que en los fastos y galas del tipo de la que complicó de forma tan determinante el inicio de todo este caso.
Podría decir que ese es el motivo por el que nunca me he decidido a escribir no ya una novela, sino ni siquiera un triste cuento, pero me estaría engañando a mí mismo. Si soy sincero, mis reparos hacia la escritura proceden de un cierto síndrome del impostor: ¿para qué escribir, si nada de lo que vaya a contar en mis escritos resultará significativo en un océano de más de 60.000 títulos anuales?
Así expresadas, mis reticencias podrían percibirse también como una postura un tanto megalómana: o tengo la casi certeza de que lo que escriba va a tener una relevancia arrolladora o no me pienso tomar la molestia de hacerlo.
Si estoy en lo cierto, no hay duda de que la motivación utilitaria de ayudar a la exculpación de Íker está siendo un poderosísimo motor para la escritura, porque, la verdad, nunca había escrito tanto ni de manera tan continua como estoy haciéndolo últimamente en este pequeño espacio que comencé más como desahogo personal que otra cosa pero que se ha convertido en el vehículo para ofrecerles los resultados de mis pesquisas sobre “el dedo del diablo”.
Qué paradójico sería que mi primer ejercicio literario serio fuese dentro de uno de los géneros que más odio como lector… Porque, sí, en efecto, odio con todas mis fuerzas todo lo que tenga que ver con la autoficción (nadie es tan interesante como para llenar un libro con sus nimias cosillas) o con el sumamente pernicioso género del true crime (por favor, rogamos que no den de comer a los criminales).
Sería tan paradójico que alguno de los centennials que seguramente están detrás de los mensajes en redes calificarían la situación como “flipante”, adjetivo que, por otro lado, se puede aplicar según ellos a cualquier elemento que provoque sorpresa, incredulidad, asombro, indignación, entusiasmo, etc.
Y ya vamos llegando adonde quiero conducirles en mis líneas de hoy. Bienvenidos a un viaje por el centro de la mente. Welcome to a journey to the center of the mind. Lo que para los de mi generación significa “flipar” en sentido estricto.
No tengo más que un par de datos capturados al vuelo en mis conversaciones recientes con las mesnadas micológicas de Don Herminio Yagüe y con mi principal fuente policial, pero aun así voy a atreverme a lanzar una posibilidad que hasta hace nada consideraba un auténtico delirio amarillista.
¿Y si la mutilación que nos ocupa tuviera algo que ver con elementos alucinógenos de algún tipo? Obviamente, no con los hongos llamados “dedos del diablo” por dos motivos: uno, porque no creo que sea fácil encontrar algún ejemplar de Clathrus archeri en un parque tan transitado como el del río; y dos, porque, según todos los libros sobre setas, es una especie flipante de aspecto pero no de efecto.
Sin embargo, ¿y si ese misterioso dedo del diablo tuviera que ver con alguna alucinación provocada por setas que sí pueden encontrarse con facilidad en ciertos ambientes betustenses y que sí tienen efectos psicoactivos? Como, por ejemplo, los psilocibios semilanceados o “monguis”, los cuales, según un par de jóvenes discípulos del señor Yagüe, son relativamente fáciles de encontrar en los pastos elevados de las colinas que rodean la ciudad y que ofrecen un viaje psicotrópico bastante codiciado por algunos sectores neobeatnik de la ciudad.
Y, yendo un poco más allá, ¿será solamente una coincidencia que ayer mismo se haya detenido por su participación en un rito chamánico ilegal con bufotoxinas extraídas de un anfibio venenoso a un conocido actor que casualmente estuvo presente en la gala de entrega de premios inmediatamente posterior al hallazgo del dedo amputado?
Lo sé, lo sé, casi da la impresión de que quien ha coqueteado con anfibios y psilocibios alucinógenos he sido yo, pero les prometo por lo que más quieran que nunca lo he hecho y que ya no lo hago, y que todo el texto de hoy obedece exclusivamente al objetivo de aportar nuevas opciones a la investigación de este caso que, de otro modo, temo que se pueda ir diluyendo como los límites de la realidad en una conciencia alucinada cualquiera.
