I.14 – Cesta de mimbre y navaja curva

Disculpen esta segunda intromisión en su domingo de descanso.

Esto no es un artículo de relleno para el suplemento de hoy de La Nueva Betusta, pero podría serlo perfectamente. Lo tiene todo: habla de una moda absurda como todas las modas y trata sobre una afición para la que se puede intentar vender una gran cantidad de cacharrería innecesaria convenientemente enlazada a sus respectivas fichas de producto en tiendas online que ‒¿acaso no lo sospechaban?‒ ofrecen al diario un pequeño beneficio económico a cambio.

No, yo no cobro nada de nadie por escribir este espacio, si es lo que ustedes están pensando. Por eso no verán ustedes anuncios alrededor de esta columna, o, si los ven, son única y exclusivamente los que introduzca la plataforma a cambio de ofrecer gratuitamente sus servicios al gran público. Supongo que esto también lo sospecharían, ¿no? Si una página ofrece algo sin coste directo para quien la utiliza no suele ser por altruismo, sino porque obtiene ingresos a través de las visitas o mediante la venta de los datos de sus usuarios.

Mi intención con esta especie de diario de investigación no es obtener dinero, a pesar de que no me vendría mal algún ingreso para hacer frente a los pequeños gastos que van surgiendo durante mis pesquisas. Pero no teman, no voy a darles el sablazo pidiéndoles microdonaciones, minisuscripciones o neomecenazgos; de momento el salario de juntaletras me llega para comprar billetes de tren y algún helado de vez en cuando.

Solamente les pido que si tienen a bien pinchen en el botón de donativos para comprar una cesta de mimbre y una navajita de esas para coger setas que tienen por la parte de atrás un pincelito y todo, porque el próximo fin de semana voy a salir con el señor Yagüe y algunos de sus adláteres a buscar “dedos del diablo” y mi impedimenta micológica deja objetivamente mucho que desear. Y como no quiero ser objeto de bullying setero por carecer de equipamiento adecuado, espero que, si su situación económica se lo permite, donen generosa y solidariamente en el botoncito al efecto.

En caso contrario, tendré que conformarme con adoptar el papel del neófito que acompaña al grupo experimentado para ir aprendiendo poco a poco los secretos del mundillo y, sobre todo, para prestar el oído al incesante flujo de informaciones que la gente corriente ignora pero que todo iniciado debería conocer. En realidad, una mina de oro para un reportaje de tendencias, pero no alcanzo a ver para qué podrían servirme los secretos del buen recogedor de boletus en esta investigación. Si al menos me contaran cosas sobre los “dedos del diablo”… pero no, parece que es una variedad que no les interesa en absoluto porque dicen que es una especie invasora y que no tiene ningún aprovechamiento.

Sin embargo, mi interés por el Clathrus archeri es cada vez mayor, especialmente desde que uno de los hombres de Yagüe dejó caer que él había visto una vez uno en un parque a orillas del río, lo que le había sorprendido porque el mal olor que desprende suele atraer mucha atención y su aspecto desagradable lleva a que cualquiera que se encuentre uno lo destruya sin demasiados miramientos. También añadió que en su opinión eso era precisamente lo que había que hacer, aunque yo espero que ese exterminio fúngico aguarde a que Íker sea exonerado judicialmente, sobre todo porque de momento la posibilidad micológica es la única pista que me queda después del fiasco toponímico y la ausencia de noticias forenses a pesar de mis insistentes llamadas a mis fuentes policiales.

No desesperemos. Dicen que Dios, o en este caso mejor dicho el diablo, aprieta pero no ahoga. Veremos, porque no me gustaría sentir alrededor de mi cuello esos tentáculos horrorosos que se ven en las fotos del Clathrus archeri.

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