I.12 – Vía estrecha, vía muerta

Me encantan los trenes de vía estrecha. No soy capaz de dar ningún motivo racional, pero siempre que tengo oportunidad opto por este medio de transporte a pesar de sus inconvenientes.

Es más lento que el ferrocarril convencional y más aún que el del alta velocidad. Tiene menos frecuencia y menos paradas que los autobuses. No te lleva precisamente de puerta a puerta como el taxi o el vehículo particular. Ni siquiera es tan versátil o romántico como la bicicleta o la moto.

Sin embargo, me gusta viajar en estos vagones desastrados mirando por la ventana cómo las ramas de los árboles van quedándose atrás a apenas unos centímetros del cristal y cómo en los túneles y taludes casi parece un milagro que no explote una galaxia de chispas metálicas al rozar algún larguero del convoy con las paredes de fábrica circundantes.

Hoy el agrado es doble, pues, por un lado, después de una noche de sueño reparador todo tiene otro color, y, por otro, siento este trayecto como una metáfora dentro de la cual se halla cierto consuelo para la paralizante desilusión que se va apoderando de mí a medida que las noticias sensacionalistas se aceleran por doquier y la investigación oficial avanza por una vía más muerta que el dedo de marras.

Según este tropo, quien les habla habría optado por recorrer la estrecha, lenta y fatigosa vía de la verdad, frente a los demás, que recorren cómodas y rápidas rutas sembradas de distracciones y engaños.

¿Prisión preventiva para I. R., el único investigado? ¡Por favor, si su única relación con el tema es haber sido literalmente el que pasaba por ahí cuando el inspector interrogaba a la persona que se había topado inadvertidamente con el dedo en el parque unas horas antes de que la pareja de corredores diera el aviso!

Desolación, rabia, indignación. ¿Desde cuándo un juez decreta medidas como esa basándose en las suposiciones delirantes de programas de televisión y tabloides digitales? “Por la extraordinaria alarma social creada.”

Claro, como con los okupas: primero creo en los medios una alarma social difusa y luego te instalo por un módico precio una individual y física en tu casa. Para ti mis cuentos y para mí tus cuentas.

Y ahora vendrá el linchamiento. En una ciudad como Betusta lo de las iniciales dura bastante poquito tiempo. Bueno, para qué negarlo, si ya lo publica El Día en su web. Que conste que de mí no ha salido el dato.

I. R. es mi amigo Íker, que se apellida Rebollo. Lo he dicho desde el primer día, el tío está obsesionado por los true crime y desde el primer día no ha hecho más que preguntarme si sabía algo sobre el dedo, si la policía tenía algún sospechoso, si el inspector había avanzado algo con el caso… Pero les aseguro que esa es su única relación con el dedo cortado del parque.

¿Y a quién le importa ahora eso si las turbas ya tienen un infeliz al que cargarle la culpa de lo del dedo, del empate del Betusta de la última jornada, de haber quedado últimos en Eurovisión, de la sequía, de la inflación, de los retrasos de los trenes y hasta de la guerra de Ucrania?

Triste desahogo a 30 km/h de media con siete estaciones intermedias. Cachazuda consolación de casi una hora de duración a la que habré de sumar una caminata de casi otra hasta llegar al paraje costero conocido como el “Dedo del Diablo”.

¿Merecerá la pena el viaje más allá de este inexplicable placer por este sistema ferroviario en vías (estrechas) de extinción? En el viaje de regreso se lo contaré, lo prometo.


Pues no, ni siquiera teniendo en cuenta su reducido coste gracias a las ayudas del gobierno de la nación al sistema de cercanías, puedo decir que el viaje haya merecido la pena.

Los acantilados: agrestes, salvajes, hermosos. El mar: bravo, poderoso, terrible. El farallón de marras: vagamente dactilar, dudosamente diabólico. La zona: llena de huellas bovinas y vacía de pistas viables, sembrada de latas y restos y yerma de rastros o indicios.

Ya ven que he regresado con más verbos que pruebas, y admito que más cansado y desesperanzado que al partir esta mañana de la Estación del Norte de Betusta.

Al menos me he comido un helado cojonudo de galleta con queso azul, mucho mejor que los que preparan en cierto establecimiento betustense de encumbrado renombre y aún más elevado rango de precios. No pienso revelar el nombre de esta heladería rural porque no quiero que, si mis escritos en este espacio se convirtieran de repente en éxito viral, se ateste de turistas despistados incapaces de decidirse entre cucurucho o tarrina.

El rodaballo recién pescado que he degustado poco antes del helado también he de calificarlo como una gran satisfacción gastronómica, frente a la decepción detectivesca que ha significado para mí no dar ni tan siquiera con un diminuto indicio que justifique el viaje en tren.

Siendo sincero, no me siento particularmente culpable por haberme dado el capricho de comer un pescado caro y un helado rico, porque mi salario ‒por fin con antigüedad y complementos‒ y mis escasos gastos me permiten darme alguna alegría culinaria trimestral. Café no he tomado, por si se animan en el botoncito de abajo.

Sí que siento una relativa frustración al no haber podido y/o sabido descubrir pistas exculpatorias para quien ha sido injustamente encarcelado, ni en el paraje costero de nombre tan prometedor, ni en las calles reviradas del casco antiguo de Villañosa, donde con un poco más de suerte o de ahínco quizá hubiera podido tropezar con alguna pintada alusiva al diablo o a sus dedos en alguna pared.

Les aseguro que he sido todo lo concienzudo que he sido capaz. He llegado a leer una por una todas las pegatinas colocadas en la parte trasera de las señales de tráfico que he visto, he buscado muros semiocultos en callejones y travesías, incluso he rozado el allanamiento de morada asomándome a algún patio interior que me ha parecido ¿diabólico?

Juro que no es un truco de escritor. Al escribir la palabra “diabólico” entre interrogaciones me acabo de dar cuenta del tremendo poder de sugestión que tiene la etiqueta con la que se conoce el caso. Qué fuerza connotativa tienen algunos sintagmas…

No lo había pensado hasta ahora, pero, considerándolo fríamente, podría ser una forma de continuar con la investigación una vez que la pista toponímica parece descartada de momento. Si llegara a entender cuál es el motivo por el que los responsables de las mutilaciones han decidido usar un hashtag tan particular para hablar sobre ellas, seguramente podría encontrar un hilo que seguir para salir de este laberinto endemoniado (nunca mejor dicho) en que se ha convertido todo este asunto.

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