Tengo noticias. Menuda novedad ‒pensarán ustedes‒ que un periodista traiga noticias. Pues no crean, hoy en día habitualmente nuestra tarea no consiste tanto en aportar informaciones novedosas como en reciclar contenidos ajenos de la forma más rápida y barata posible para llenar la edición digital del periódico con sus correspondientes actualizaciones y nutrir simultáneamente el diario en papel con publicaciones suficientes para que no dé vergüenza cobrar por tan pocas páginas, la mitad de las cuales son publicidad.
No se apiaden todavía de nosotros, que lo de los “creadores de contenido” en redes es todavía peor. Al menos a los periodistas nos explotan otros, tenemos la posibilidad de organizarnos para pedir mejores condiciones laborales (aunque casi nunca lo hagamos) y en nuestro oficio existen ciertas reglas, que, aunque sean heredadas del siglo pasado y vayan diluyéndose rápidamente, aún tienen cierta operatividad.
Las redes y las “nuevas formas de comunicación” son la jungla. Téngalo en cuenta cuando las usen, no sea que alguna alimaña agazapada en la hojarasca vaya a morderles y a inocularles uno de sus variopintos venenos digitales.
Frente a esos paisajes salvajes y amenazantes habitados por un casi interminable inventario de bichos peligrosos, a mí me gusta contraponer los jardines ordenados, placenteros y acogedores del mundo del libro.
Sí, sé que se han publicado y se publican muchos volúmenes estúpidos e incluso nocivos, que algunos periódicos tienen y tenían más veneno en sus páginas que el segundo volumen de la Poética de Aristóteles en El nombre de la rosa y que, si no existe, quizás deberíamos incluir en el Código Penal el delito de edición irresponsable. Sin embargo, todo ello no es más que un corrillo de malas hierbas en algún rincón del ameno y gracioso jardín libresco universal.
Y esta digresión simplemente ha sido una introducción para contarles que esta tarde, antes de mi ineludible cita nocturna en el Acapulco, he ido a la biblioteca a buscar información sobre “el dedo del diablo”. Puedo ser insufrible, lo sé, pero me temo que, por mucho que divague antes de ir al grano, no van a dejar de leerme porque lo que voy a explicarles no van a encontrarlo en ningún otro lugar que no sea este diminuto claro en medio de la terrible selva cibernética en que nos han (hemos) obligado a desenvolvernos.
Puede que no hayan tenido la inquietud de buscar “el dedo del diablo” en algún buscador online. Puede que sí lo hayan hecho. En cualquier caso, es poco probable que hayan leído más allá de las dos o tres primeras referencias que aparecen en los resultados de su búsqueda.
Para superar ese sesgo, esa simplificación de la información, involuntaria aunque tan peligrosa como difícil de evitar, tengo por costumbre visitar de vez en cuando la vieja biblioteca de Betusta para acceder, gracias a mi carnet profesional, a la sección reservada para investigadores en la que se guardan volúmenes antiguos, raros o especialmente valiosos.
¿Y qué he encontrado en esas páginas más allá de lo que cualquiera de ustedes puede leer en sus pantallas si tienen tiempo, ganas e interés y no les distrae alguna notificación inoportuna de cualquier otra app?
Dejando a un lado la pista micológica, que es la primera que indica cualquier buscador de internet, he indagado sobre “el dedo del diablo” en un diccionario de topónimos y he descubierto que ese nombre se aplica a un par de parajes que tienen en común ofrecer al ojo humano formas rocosas semejantes al índice de una mano.
Este dato no tendría demasiado interés si no fuera por el hecho de que uno de esos lugares conocidos como “el dedo del diablo” está a apenas 70 kilómetros de Betusta. Probablemente será una coincidencia, pero una investigación seria tiene que tener en cuenta todas las posibilidades. Tampoco parece probable que un dedo amputado aparecido en una zona verde de Betusta tenga algo que ver con un pestilente hongo australiano o neozelandés que se ha ido extendiendo por Europa como especie invasora.
Sin embargo, la “teoría micológica” está en todos los medios y la “posibilidad toponímica” dudo mucho que la encuentren fuera de este calvero lleno de ameno pasto bibliográfico.
Para que vean que no exageraba unas líneas atrás cuando les recomendaba tener precaución con los mordiscos venenosos de las víboras virtuales: en al menos tres diarios de tirada nacional se publica que “las autoridades están investigando la posibilidad de que el ‘crimen del dedo del diablo’ se haya cometido bajo los efectos de un potente hongo tóxico y alucinógeno que se conoce comúnmente con ese nombre”.
Reconozco que hasta el momento no he visto nunca un ejemplar de Clathrus archeri, así que no puedo afirmar categóricamente que esta especie no pueda producir algún efecto psicotrópico o resultar perjudicial para la salud en ciertas condiciones; sin embargo, me resultaría sorprendente que dichas características no aparezcan en absolutamente ninguna de las descripciones biológicas que he podido encontrar en guías micológicas ni en páginas web sobre el tema.
No obstante, si en tres prestigiosas cabeceras nacionales se afirma que los investigadores del caso creen que el responsable de la misteriosa amputación digital podría estar colocado hasta las cejas con un terrible hongo alucinógeno y se acompaña la noticia con una fotografía realmente poco favorecedora de un tal I. R., resulta muy difícil no imaginarse a ese hombre de mediana edad con los ojos en blanco y un machete en la mano cortándole un dedo a un pobre y desvalido huerfanito.
En fin, después de semejante condena de telediario va a ser muy difícil convencer al mundo de que el pobre I. R. no ha tenido absolutamente nada que ver con el dedo amputado, de que no existe ni una sola prueba en su contra y de que constantemente aparecen nuevas pistas que señalan en otras direcciones.
No obstante, no voy a cejar en mi empeño; si quien debe hacerlo no lo hace, seremos otros quienes continuemos indagando en todos y cada uno de los oscuros recovecos de este misterio y contándolo en este espacio.
Aunque será mejor no volver a escribir tan tarde ni después de pasar por el Acapulco. Les agradecería que, en lugar del café virtual de aquí abajo, mañana me hicieran llegar uno real y doble a la redacción, por favor.
