I.10 – Precios

En mi anterior escrito les adelanté un pequeño fragmento del comunicado que había aparecido simultáneamente en diferentes perfiles de varias plataformas cibernéticas como respuesta a las reivindicaciones falsas que pululaban por las tertulias analógicas y digitales de Betusta y ya casi de todo el país.

En ese extracto se hablaba del precio que hay que pagar por la libertad y me temo que en la publicación de hoy ese tema va a aparecer en más de una ocasión.

Dejaré a un lado todo el efervescente debate actual sobre el coste que ha supuesto para las sociedades actuales la vertiginosa y acrítica proliferación de servicios basados en internet y me limitaré a una situación concreta que me parece especialmente grave: la persecución periodística que están sufriendo los alumnos de los institutos de Betusta por parte de algunos reporteros televisivos.

Chavales de esa edad no deberían ser objeto de un escrutinio público como el que están sufriendo. Sin lugar a duda, las historias de detectives adolescentes venden mucho, pero tengan ustedes por seguro que el sobrino de mi amigo o cualquier otro chaval de su edad de Betusta no tienen nada que ver con Los Cinco ni con Amanda Black. Así que por mucho que pregunten a la salida de los institutos si alguien conoce al “misterioso detective de la red” lo único que van a conseguir es lo que han obtenido hasta el momento: respuestas inconexas entre risas nerviosas de muchachos que no tienen ni idea de qué ocurre a su alrededor pero que quieren salir en la tele saludando a sus colegas.

Por cierto, después de este acoso lamentable, no le van a poder acercar el micrófono ni al verdadero “detective de la red” ni a nadie de Betusta que tenga algo interesante que decir, porque los vecinos empiezan a estar hartos de tanto revuelo sin sentido y lo único que quieren es que el caso termine de una vez.

Ese “joven investigador digital betustense”, como mi propio periódico lo ha definido, ni es un genio precoz de las redes, ni es el ayudante de un doctor Mengele provinciano, ni es un traidor a no se sabe qué causa. No merece ni los elogios desmedidos que le han dedicado, ni los morbosos reportajes que le quieren hacer en la tele, ni los escupitajos callejeros que tienen preparados los espectadores de esos mismos programas por si el caso no termina del modo espectacular que ellos esperan.

Tanta atención morbosa está haciendo que los estudiantes de la ciudad no puedan hacer lo que se supone que deben hacer, que es sencillamente ir a clase y estudiar o fingir que lo hacen, porque tienen que preocuparse por esquivar preguntas incómodas y por tratar de pasar inadvertidos mientras amaina la tormenta del caso.

Aunque no sé si estas palabras servirán para que seamos capaces de dejarlos en paz, al menos debo intentarlo.

Una vez formulado este alegato, a continuación voy a relatar algo en lo que no ha tomado parte ninguna otra persona aparte de mí. Espero que de este modo toda la atención que se dedique a lo que voy a contar se dirija únicamente a este blog. Por cierto, si quieren apoyarlo, invítenme a un café virtual pinchando AQUÍ o en el botón que aparece al final de esta entrada.

Vayamos a ello. Ha sido difícil, ha sido en ocasiones descorazonador, pero he logrado algunos avances en relación con el comunicado #eldedodeldiablonoesloqdicen.

Supongo que, después de todo, algo se aprende siendo periodista multiherramienta en la periferia, especialmente en asuntos como este envueltos en neblinas y espejismos, sendas especialidades betustenses.

Siéntense si están leyendo esto de pie en el autobús o caminando por la calle. Agárrense a la silla si lo están haciendo sentados. Asómbrense con la manera en que este humilde juntaletras provinciano ha asimilado el estilo efectista de los buscadores del clic.

El comunicado #eldedodeldiablonoesloqdicen no es una publicación falsa para llamar la atención o para aprovechar la que se está prestando al caso. Quienes han publicado esos mensajes están tan involucrados en la amputación del dedo que apareció en el parque del río Pilones que sería muy extraño que no fuesen directamente responsables de ella, o al menos cómplices.

Les ahorraré los pormenores para no dar pistas a las hienas informativas que llegan a las piezas cuando ya han sido cobradas por otros, las dejan en los huesos con sus mordaces fauces insaciables y dejan el lugar lleno de inmundicia entre chillidos, risillas y aullidos.

Les ofreceré solamente la carne más jugosa, perfectamente desollada, sin nervios, tendones ni ternillas: quienes se ocultan tras los perfiles que lanzaron la etiqueta #eldedodeldiablonoesloqdicen como respuesta a las falsas reivindicaciones del dedo cercenado tienen fotografías de ese dedo que no han aparecido en ningún medio periodístico y que, según mis fuentes, tampoco obran en poder de las autoridades policiales y judiciales.

Ergo, tienen informaciones que nadie más tiene y no sienten ningún interés en compartirlas, salvo en los casos en que consideran que es necesario hacerlo para ser tomados en serio.

Deberíamos hacerlo: se trate de lo que se trate este caso, es algo importante, no una historietilla para rellenar columnas y minutos. Muchas personas de esta pequeña ciudad ya están pagando un alto precio por no habernos tomado la situación con seriedad: desde las que van a trabajar con miedo a quienes comienzan a mirar con desconfianza a todo su vecindario; desde la chavalería que ya no puede jugar en los parques a los abuelos que se niegan a salir a la calle, desde los pobres alumnos de instituto a los que no dejan en paz al salir de clase a las personas que puedan ser señaladas en un futuro porque se siguen sin practicar las pesquisas policiales necesarias.

Mientras tanto, tendremos que seguir pagando cada uno el precio de nuestras minúsculas negligencias cotidianas. Mientras tanto, cuento con su puntual presencia en este encuentro virtual de buscadores de la verdad. Gracias.

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