Columna de opinión escrita por Guillem Parra. Publicada originalmente en Culturas (suplemento cultural de La Nueva Betusta), sábado 2 de marzo de 2025, pp. 19-22.
Se anuncia para principios del próximo año el estreno de Blancanieves, la nueva versión con actores reales del clásico de animación de Walt Disney.
Aunque la ya habitual polémica en redes ante cualquier nueva producción de Disney se ha centrado en la elección de Rachel Zegler para el papel de la protagonista, no voy a escribir sobre ello por varios motivos.
1. Pereza. Me aburren soberanamente las discusiones sobre corrección política, lo woke, la visibilización de minorías, etc. Buenas historias bien interpretadas y filmadas = buen cine. Lo demás, circo.
2. Un dedo señala a la luna. El tonto mira al dedo, yo prefiero mirar a la luna. En una versión con actores reales de la Blancanieves de Disney la protagonista me interesa poco porque no hay demasiado margen de reinterpretación en su personaje. La Reina Malvada (interpretada por Gal Gadot) tampoco me interesa a priori más allá de la curiosidad por ver a Wonder Woman convertida en villana.
Sin embargo, el Espejo Mágico me genera gran interés, la luna está en el espejo: ¿cómo va a interpretar el director Marc Webb esa figura que en la versión original animada era un elemento secundario pero que con el paso del tiempo se ha convertido probablemente en una de las más recordadas y reconocibles?
¿Saben cómo se tituló la adaptación del cuento de los hermanos Grimm de 2012 que seguramente recordarán porque en ella Julia Roberts interpretaba a la Reina Malvada? En inglés, Mirror, Mirror; en español, Espejito, espejito.
Y es que tanto el espejo como objeto en sí como esa acción de mirar el reflejo de uno y preguntarle quién es la persona más bella del reino tienen mucho más significado del que en principio puede parecer.
En la literatura, como ya saben el principal interés de esta sección junto con el cine, el valor simbólico del espejo ha sido explorado en tantas ocasiones que solamente voy a referirme al Espejo Mágico de Blancanieves del que estamos hablando y al de la segunda parte de las aventuras de la Alicia de Lewis Carroll.
En los dibujos animados de Disney el Espejo Mágico era un ser que se ocultaba en ese objeto y que podía ser invocado por la Reina Malvada para hacerle preguntas como la célebre cuestión de si había en el Reino alguna mujer más bella que ella.
Digamos que es la opción B: espejo = oráculo, porque la opción A es la más evidente: espejo = reflejo.
En Alicia a través del espejo podríamos encontrar la opción C: espejo = puerta a otra realidad. Vamos, lo mismo que la madriguera de conejo en la primera parte, pero en versión doméstica en esta segunda entrega.
Decía antes que cuando el dedo señala la luna yo prefiero mirar la luna. Pues la luna está ahí, justo en ese lugar del cielo en el que las tres opciones se unen: reflejo, oráculo y puerta.
De hecho, apuesto a que llevan mirando la luna largo rato y ni se han dado cuenta. Sé que para mi desgracia la mayoría de ustedes me estarán leyendo en sus pedacitos de luna de bolsillo. Ya casi nadie compra prensa en papel. Ya casi no quedan kioscos.
Sí, sus bonitos y caros teléfonos móviles son trocitos de luna que se han convertido en los oráculos contemporáneos a los que rendimos acrítica pleitesía (Alexa, dígame; Chati[gepeté], cuéntame), en las puertas a un mundo que quizá no deberíamos haber creado (orcos de Insta, trasgos tiktokeros, uruk-hai de X, ¡¡rugid!!), en la culpable imagen de nosotros mismos a través de filtros y pócimas.
Sí, son un pedazo de Selene y de sus amores con Endimión nació Narciso, así que ya saben cuál será mi consejo no solicitado de esta semana: no se abismen en su propio reflejo, podrían ahogarse y ahogarse nunca resulta una buena idea si se desea seguir con vida.
Hala, sigan con sus vidas y ya me contarán en mi parcelita lunar (@guillemsubidoalaparra) qué les parece la nueva peli de Blancanieves cuando la estrenen.