Artículo escrito por María del Mar Lago, profesora adjunta de Filosofía en la UBE. Publicado originalmente en Conversaciones betustenses, núm. 3, 2025.
[Dirección URL: http://www.conbersaciones.bet/2025/numero3/lago_diablo.html]
Cuando Scott McCloud publicó Reinventing Comics en el año 2000 el mundo no era muy diferente al actual. Sin embargo, nosotros ya no somos lo que éramos.
En aquel último año del siglo XX nadie podía imaginar hasta qué punto ha cambiado el alma humana después de un cuarto de siglo, fundamentalmente debido a lo que McCloud denominó en su trabajo “lienzo infinito”.
Si bien el concepto de McCloud se refería a las increíbles potencialidades creativas que ofrecía la pantalla digital para el cómic, la posibilidad de asomarnos a una ventana ilimitada ha influido en el espíritu humano de una manera mucho más sombría.
McCloud afirmaba en su libro: “Jamás existirá un monitor tan ancho como Europa, pero cualquier monitor puede mostrar un cómic tan ancho como Europa o tan alto como una montaña. ¡Basta con desplazarse centímetro a centímetro, metro a metro y kilómetro a kilómetro!”
Esa infinitud potencial ha cambiado radicalmente el espíritu humano contemporáneo y, por ende, la configuración del mundo en que vivimos.
A pesar de que esta afirmación pueda resultar a priori hiperbólica, trataré a continuación de explicar cuántas funciones del alma humana y hasta qué punto se han visto alteradas por el bombardeo masivo de estímulos audiovisuales que han traído eso que hoy comúnmente se llama “las pantallas”.
Pero antes de entrar en esta discusión conviene echar la vista atrás para establecer el contexto histórico en que apareció el concepto del “lienzo infinito”, que ya se ha datado al principio de este texto en torno al año 2000.
La referencia a esta fecha no es baladí. Aquel año comenzó con el temor a un posible colapso tecnológico causado por el cambio de los dígitos que indicaban la fecha en numerosos dispositivos digitales. Se temía que los aparatos que indicaban el año con solamente dos dígitos podrían dejar de funcionar al pasar del 31 de diciembre del 99 (1999) al 1 de enero del año 0 en lugar de comenzar el año 2000.
Finalmente no ocurrió nada, pero durante unos meses nuestra aún no totalmente tecnodependiente civilización occidental se preguntó si era prudente confiar amplias zonas de nuestra existencia a una tecnología tan frágil como la digital.
Una vez superados los primeros segundos de angustia tras las campanadas de aquel año, se desató la euforia: si el efecto 2000 no había logrado frenar esa tecnología, nada podría hacerlo.
Pronto lo que en principio era un invento surgido por y para el intercambio de información científica y el pensamiento se comenzó a aplicar en ámbitos menos eruditos, fundamentalmente con finalidades comerciales, de control social y de exaltación del hedonismo más vacuo.
No debería resultar sorprendente si aceptamos que vivimos en una sociedad en la que, como Guy Debord señala en su fragmento 194 de La sociedad del espectáculo:
El conjunto de los conocimientos que continúa desarrollándose actualmente como pensamiento del espectáculo debe justificar una sociedad sin justificaciones, y constituirse en ciencia general de la falsa conciencia. Este pensamiento está enteramente condicionado por el hecho de que no puede ni quiere pensar su propia base material en el sistema espectacular.
Y nada más “espectacularista” que el cultivo de una imagen de uno mismo volcada exclusiva y deliberadamente hacia la impresión que pueda causar en los demás, que en el fondo es en lo que consiste el mundo de las conocidas actualmente como “redes sociales”.
Sintomáticamente, las primeras redes sociales aparecieron en 2002 y 2003: Friendster, MySpace, LinkedIn…
El primer cambio sustancial que trajeron estas plataformas en las que cada individuo va creando paulatinamente una versión digital de sí mismo con el único objetivo de ofrecer una imagen estratégicamente diseñada a los demás fue que el narcisismo dejó de estar considerado un defecto para devenir un requisito necesario del triunfo social.
¿Qué es “crear una marca personal” sino un modo de sublimar la contemplación narcisista de la imagen propia y vender sus resultados al mejor postor en el zoco digital en que se ha convertido la Red?
¿En qué consisten los perfiles públicos sino en retratos estilizados y fragmentados de las poses con las que queremos imbuir a nuestros reflejos digitales de todas las señales del éxito de los demás?
Quizá en los primeros momentos hubiera bastante perfiles relativamente alejados de la autorreferencialidad que domina en la actualidad, pero esa manera de presentarse ante los otros con elementos ajenos a la repetición incesante de imágenes de uno mismo ha sido soslayada totalmente, pues la pulsión fundamental que lleva a los usuarios de redes sociales a crear y compartir contenido en ellas es principalmente proyectar una imagen de éxito y obtener el reconocimiento social en forma de likes o de visualizaciones.
En la actualidad, hasta los creadores de contenido con vocación artística, política o social recurren a elementos como el videoblog, los monólogos opinativos u otro tipo de herramientas comunicativas en las que el mensaje se explica cara a cara al receptor, en una especie de conversación de uno mismo con su reflejo en el espejo fingiendo ser un diálogo con los otros que están detrás de la pantalla.
La aparente inmediatez y la fingida cercanía son en realidad incomunicación y solipsismo, ya que en redes ni siquiera el mensaje más convincente puede sobrevivir más allá de unos minutos en la conciencia de los receptores, porque un aluvión abrumador de estímulos llega inmediatamente después para desdibujarlo y terminar por borrarlo del todo.
Por ese motivo, en esos vídeos en que una persona habla a la cámara para explicar sus pensamientos y sentimientos a todo el mundo lo que realmente encontramos es un monólogo de alguien que trata de mitigar con esas pequeñas charlas con el espejo el aislamiento y la soledad de nuestras vidas cotidianas precarias y alienadas.
Confiésenlo: ustedes también graban versiones y versiones de sus vídeos antes de subirlos a redes. Confiésenselo: ustedes también lo hacen para verse a sí mismos y cerciorarse de que la imagen que dan en ellos es acorde a la sofisticada silueta digital que han ido dibujando en su perfil día tras día y mes tras mes.
Lo que nació como red para encontrarse con los otros en el pensamiento y el conocimiento se ha convertido en un espejo trucado en el que mirarnos y engañarnos para acallar a duras penas la soledad y la insatisfacción de nuestras vidas vacías dentro de este sistema turbocapitalista neoliberal deshumanizado y deshumanizador que nos esclaviza.
¿Y si fuesen esos diablos en el espejo los que están detrás de la epidemia de depresión y malestar que se cierne sobre nuestra sociedad, especialmente en sus sectores más jóvenes?
Quizás debamos apartar durante unas horas los ojos de los brillantes señuelos diabólicos de nuestros dispositivos digitales, mirar hacia lo que nos rodea y darnos tiempo para reflexionar sobre ello.